De repente un apagón. Mudo. Ni siquiera el frio se sintió tanto en los huesos. Ni siquiera el último movimiento telúrico, el que casi me entierra en escombros, me hizo sentir este miedo, que con obscena atribución me aprieta el pecho. Una flecha de hielo. Un beso con lengua de la muerte. De repente un apagón. No lo entiendo, tampoco quiero. No me doy el tiempo necesario porque no necesito entender nada. Solo quiero una palabra, una letra, al menos.
Soy un adicto al sol en una caja de zapatos. Siento el claustro a plena luz del día. Voy al ordenador… nada.
Paso un día. Después vino otro. Y otro más le siguió al que vino antes. La sumisión forzada me llena de resentimiento. Y el resentimiento vulgar decanta en tristezas al transcurrir las horas.
Otra vez la epifanía sentada en la punta de la mesa. Pero ahora no quiere arroz con pollo, ya no ríe, ni me fuma el porro. Cambia la tele, que tose un zapping grosero y autoritario. Sube y baja el volumen de la música... Va hasta la cama des tendida. Se asegura de que siga así. La inútil sensación de los velorios. La cama yace sobre sus cuatro patas. No oye. No habla. Esta muerta. Muerta y des tendida.
La epifanía ( la que porta con soberbia su imagen) está aburrida. Me aparta del escritorio. Explora la compu. Entre miles de carpetas y carpetas encuentra algo interesante.
Y yo, con mi perfil de ex novio genérico y mi humor turbio que devendrá en malos sueños los lunes a la noche, espío sobre su hombro para ver si hay alguna noticia suya. La ansiedad de esta tormentosa vigilia tácita me da hambre.
Amelie ya no escribe. Ni roba enanos de los jardines.
No lo entiendo.
Tampoco quiero.

2 comentarios:

Polaina dijo...

ojalá siga usted siempre desentendiendo cosas y desqueriendolas así otros podemos leerlas, ojalá...

Chicago dijo...

Que seria de mi sino pudiera seguir disfrutando en secreto un poquito de todo esto...